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¿Infoadicción?

¿Infoadicción?

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En mi búsqueda personal por escapar del analfabetismo científico y filosófico —asumo que tal búsqueda no está destinada al fracaso por tener tullido el cerebro debido a los dogmatismos imperantes desde mi infancia— observo al ejercicio de la filosofía tecnológica como un paso necesario no sólo para analizar mejor el propósito del avance tecnológico sino también para pensar acerca de las desventajas de esas creaciones en la sociedad. Sospecho que para desarrollar esa observación más allá de un simple apunte se requiere precisamente de las destrezas intelectuales que están ausentes por causa del analfabetismo científico y filosófico.

Con la materia y la forma del conocimiento provisto por la filosofía de la tecnología se disciernen cuestiones relacionadas con el papel que los productos de la técnica pueden o deben jugar con respecto a los propósitos humanos. Por ejemplo, ¿el desarrollo tecnológico debe obedecer principalmente a intereses económicos o debe obedecer primero al desarrollo holístico del humano? ¿Cómo debe modificar nuestra conducta una observación como la de Nicholas Carr en su publicación acerca de los efectos de Internet sobre nuestra capacidad de concentrarnos profundamente y ser capaces de mantener nuestra atención en el desarrollo de un tema relevante? (ver: «Internet erosiona el pensamiento profundo»). Antes que Carr, ya Mario Bunge, en su colección de ensayos ¿Qué es filosofar científicamente? Y otros ensayos, ha advertido de lo pernicioso de la infoadicción. Ya hemos sido avisados: más información no es igual a más conocimiento.

¿Es acaso la infoadicción informática —en especial con el uso desenfrenado y adictivo de la información en Internet— la manera contemporánea de exacerbar la vulgar práctica del chismorreo? ¿Cuáles son las implicaciones de confundir conocimiento con información? ¿Es cierto que los infoadictos —que no aficionados al conocimiento— rara vez leen libros relevantes completos? ¿Los infoadictos presentan el síndrome de abstinencia al no estar conectados a Internet? ¿Y que están confundidos en el uso de la computadora no sólo como auxiliar mental sino como substituto? ¿Es la infoadicción el tropezón que está frenando la promesa de la aldea global que Internet supuestamente ayudaría a construir? ¿Son las crecientes diferencias en el uso de Internet —con las cuales sólo algunos tienen la pericia y los recursos para obtener algo provechoso de la red mientras que otros tan sólo se quedan con la versión adictiva del chismorreo informático— las que están frenando la idea de que el uso generalizado de computadoras abolirá la pobreza y perfeccionará la democracia?

Por supuesto, las herramientas tecnológicas, y herramientas en general, suelen presentar un doble filo. Además, un cierto grado de adultez suele ser requerido para identificar las ventajas y para hacerse consciente de las desventajas en el uso y abuso de tales herramientas. En tanto sea para mejorar, para enriquecer la buena vida, las herramientas pueden ser benignas. Pero claro que la definición de «buena vida» depende principalmente de la destreza del individuo para interpretar la realidad. Pues de eso depende si elaborará una interpretación profunda o perderá su tiempo en lo superficial y en lo banal. Aquí también la fe ciega o la irreflexiva obediencia a las tendencias mercantilistas representan lo negativo, en este caso, de la tecnología. Por eso es relevante reflexionar sobre lo que apunta Mario Bunge: “...si lo nuevo es ambivalente, como es el caso de todo lo informático, se impone usarlo con inteligencia, moderación y responsabilidad social”, como cualquier otra herramienta. La tecnofilia ciega es tan peligrosa como la tecnofobia del cavernícola. Por lo que una simbiosis del pensamiento humanista y del pensamiento tecnológico es algo que requiere atención de parte de los adultos.

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